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Lo que se pierde en la traducción literaria? – Cómo los traductores de obras lidian con juegos de palabras, humor y referencias culturales

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Traducir una obra literaria no es transferir palabras de un idioma a otro. Es tomar decisiones imposibles, una tras otra, sabiendo que cada elección salva algo y sacrifica otra cosa. El traductor literario vive en esa paradoja: cuanto más fiel al texto original, menos fiel a la experiencia que este provoca.

El problema del juego de palabras: el humor que no cruza fronteras

J.K. Rowling bautizó uno de los hechizos más oscuros como Avada Kedavra — una distorsión fonética de abracadabra, que a su vez proviene del arameo avra kadavra: «que sea destruido lo que digo». El sonido carga la magia. En español, funciona. Pero ¿qué pasa con Diagon Alley, el callejón mágico cuyo nombre es un juego con la palabra diagonally? Los traductores optaron por El Callejón Diagón — preservando el sonido pero perdiendo el juego. Ya Knockturn Alley se convirtió en Callejón Knockturn en varias ediciones. Ninguna solución está equivocada. Todas son pérdidas distintas.

El problema se profundiza con los nombres de los personajes. Dumbledore significa «abejorro» en inglés arcaico — una referencia al hábito del personaje de tararear. Voldemort viene del francés: vol de mort, «vuelo de la muerte». Detalles que la mayoría de los lectores nunca sabrán, independientemente del idioma en que leyeron.

Don Quijote y el humor que envejece

Cervantes escribió Don Quijote en 1605 con un humor profundamente local: parodias de novelas de caballerías que el público español conocía de memoria. Para el lector contemporáneo — en cualquier idioma — gran parte de ese humor ya llega diluido. El traductor enfrenta entonces una capa extra de distancia: no solo cultural, sino temporal.

La palabra hidalgo, por ejemplo, carga un peso social específico de la España del siglo XVII. Traducirla como «noble» es técnicamente correcto y culturalmente vacío. Mantener hidalgo en otro idioma exige una nota al pie — y las notas al pie son, por definición, una confesión de derrota.

John Rutherford, uno de los traductores ingleses más celebrados de la obra, dijo alguna vez que traducir a Cervantes es como intentar contar un chiste que escuchaste en otro idioma: sabes que era gracioso, pero no puedes garantizar que todavía lo sea.

Cuando la solución creativa supera al original

No todo es pérdida. A veces, la traducción inventa algo que el original no tenía. El traductor italiano de Harry Potter transformó Mudbloods — término peyorativo para magos de origen no mágico — en Mezzosangue, «mestizo», que suena aún más aristocrático y frío que la versión inglesa.

Guimarães Rosa, autor de Gran Sertón: Veredas, supervisó de cerca la traducción alemana realizada por Curt Meyer-Clason y llegó a decir que ciertos pasajes quedaron más rosasianos en alemán que en portugués. La lengua de llegada, a veces, ofrece recursos que la de partida no tiene.

La decisión que nadie ve

Al final, lo que el lector sostiene entre sus manos no es el libro de Rowling ni el de Cervantes. Es el libro del traductor — escrito en las sombras, sin nombre en la portada, cargando decisiones que nadie cuestionará porque nadie sabrá que fueron tomadas.

Perderse en la traducción, después de todo, puede ser la forma más íntima de encontrar una obra.

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